«¿Nos roba la IA?»: Michel Onfray relee a Proudhon en tiempos de la revolución tecnológica

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En su columna Face à Michel Onfray en CNews, el filósofo vuelve sobre la fórmula de Proudhon, «la propiedad es un robo», para cuestionar la explotación del trabajo en la era de la inteligencia artificial. Según su análisis, los sistemas de IA se benefician de textos e investigaciones realizados por autores sin garantizarles una remuneración, una práctica que debilita a los creadores y a toda la cadena del libro.

La fórmula de Pierre-Joseph Proudhon suele reducirse a una condena general de la propiedad. Michel Onfray propone recuperar su sentido situándola en su contexto: el pensador del siglo XIX atacaba sobre todo la apropiación del trabajo ajeno y de la parte de la riqueza creada colectivamente que no revierte en quienes la han producido.

Esta lectura lleva al columnista a establecer un paralelismo con la inteligencia artificial. Las herramientas generativas se apoyan en grandes cantidades de textos, imágenes y otros contenidos creados por personas. Sin embargo, según Onfray, los autores cuyas obras alimentan estos sistemas no reciben necesariamente una compensación cuando sus producciones contribuyen a la creación de un servicio comercial.

Una fórmula provocadora, pero una crítica precisa

Para comprender el pensamiento de Proudhon, Onfray invita a distinguir la propiedad como tal de la apropiación de los frutos del trabajo. El autor de ¿Qué es la propiedad? apuntaba, en su análisis, a una forma de expolio: el propietario se beneficia del trabajo realizado por otros sin retribuirles el valor correspondiente a su contribución.

El ejemplo del obelisco de la plaza de la Concordia permite ilustrar este razonamiento. Su instalación requirió la coordinación de muchos hombres que trabajaban con un mismo objetivo. La fuerza colectiva movilizada durante una hora no se reduce simplemente a la de un solo trabajador durante un tiempo equivalente multiplicado por el número de participantes. Para Proudhon, la organización del trabajo común produce un valor particular que puede ser confiscado si no se reconoce ni se remunera.

Así, en esta interpretación, la fórmula «la propiedad es un robo» designa la posibilidad de que un individuo se apropie del resultado de un esfuerzo colectivo. Onfray recuerda que Proudhon no era, por ello, partidario de abolir toda forma de propiedad. Desconfiaba del colectivismo y defendía, en particular, la pequeña propiedad, que consideraba una protección frente a la concentración del poder y las formas de confiscación estatal.

Del trabajo colectivo a los contenidos utilizados por la IA

El paralelismo con la IA se basa en una cuestión de contribución y remuneración. Los modelos generativos se entrenan con enormes corpus, constituidos, entre otros elementos, por contenidos difundidos en línea. Estos materiales son fruto del trabajo de periodistas, escritores, investigadores, fotógrafos y muchos otros creadores. Una vez integrados en un sistema, pueden contribuir a las respuestas o a las producciones que se ofrecen a los usuarios, a veces en el marco de un servicio de pago.

Onfray describe esta situación como una forma de apropiación del trabajo intelectual. El servicio tecnológico obtiene valor económico de recursos producidos por terceros, mientras que los autores afectados no siempre han sido consultados, remunerados o informados del uso que se hace de sus obras. Por tanto, la analogía con Proudhon no se refiere tanto a una acusación jurídica precisa como a una cuestión política: ¿a quién le corresponde el valor creado gracias a un esfuerzo compartido?

Los debates en torno a la IA ya no se limitan a los usos individuales y afectan a las normas que regulan la circulación de contenidos. Los cambios europeos abordados en este artículo sobre las transformaciones normativas relacionadas con la inteligencia artificial y los contenidos digitales ilustran los desafíos de transparencia, derechos y responsabilidad que acompañan al desarrollo de estas herramientas.

Los derechos de autor, en el centro del debate

La reflexión de Onfray también se inscribe en la estela de los textos de Proudhon sobre la propiedad literaria. En Los mayorazgos literarios, el filósofo examina los derechos concedidos a los autores y los límites que convendría establecer. El principio defendido en la columna es que el escritor debe poder recibir una remuneración por su trabajo, sin que su obra se convierta por ello en una riqueza transmisible indefinidamente, desligada de toda contribución colectiva.

Esta postura pone de relieve una tensión que sigue vigente. Una obra lleva la impronta de su autor, pero su creación también depende de la lengua, los conocimientos, las técnicas y los intercambios que hacen posible la escritura. Por tanto, la cuestión no consiste únicamente en determinar si un texto pertenece a alguien: también se trata de establecer cómo reconocer el trabajo del autor y regular los usos de su obra, incluso cuando se incorpora a bases de datos destinadas a entrenar modelos.

Obras accesibles, pero no necesariamente de libre uso

Que un contenido esté disponible en Internet no significa que pueda reutilizarse sin condiciones. Onfray señala que algunos de sus propios libros circulan gratis en sitios web, a veces sin su consentimiento. Relaciona esta difusión no autorizada con el problema más amplio que plantea la explotación a gran escala de las producciones culturales e intelectuales.

La comparación no significa que todas las situaciones estén sujetas al mismo marco legal. La descarga de una obra, el entrenamiento de un sistema de IA y la generación de un texto a partir de un modelo plantean cuestiones distintas. Sin embargo, según su argumentación, estas prácticas tienen en común que pueden disociar el uso de una obra de la remuneración de la persona que la creó.

El debate también gira en torno a la manera en que las instituciones y las empresas hacen visibles las condiciones de uso de los contenidos. En Estados Unidos, las primeras medidas de protección adoptadas en California ofrecen un ejemplo de regulación local: California establece normas de protección en torno a la inteligencia artificial. Estas iniciativas dan cuenta de la búsqueda de salvaguardas frente a una tecnología cuyos efectos se están extendiendo rápidamente.

Una amenaza para los autores y para el sector editorial

Desde la perspectiva desarrollada por Onfray, la falta de remuneración no afecta solo a los ingresos individuales. Puede repercutir en las propias condiciones de producción del conocimiento. Si los creadores ven cómo se reutilizan sus contenidos sin recibir compensación económica, disponen de menos recursos para continuar investigando, escribiendo o publicando. La precarización puede afectar entonces a todas las profesiones que producen obras y conocimientos.

El columnista relaciona esta evolución con las dificultades que atraviesa el sector editorial. La caída de las ventas, una menor disposición a asumir riesgos y las dificultades para publicar trabajos especializados podrían reducir, según su análisis, la diversidad de los libros disponibles. Las editoriales necesitan poder invertir en obras cuyo público lector a veces es reducido, pero cuya contribución intelectual es importante.

El temor expresado es que el libro se debilite progresivamente como espacio de transmisión y elaboración del pensamiento. Si las herramientas automatizadas resumen, recomponen o hacen accesibles los contenidos con facilidad, la economía que permite crearlos podría contraerse. Onfray teme que una producción abundante de textos generados acabe ocupando el espacio en detrimento de obras fruto de un trabajo prolongado, documentado y atribuible a un autor.

La cantidad de respuestas frente a la calidad del conocimiento

La crítica también apunta a la posible confusión entre la acumulación de información y la inteligencia. Los sistemas de IA pueden producir rápidamente respuestas estructuradas, pero esa fluidez no garantiza por sí sola la solidez de las fuentes, la validez del razonamiento ni el dominio de un tema. Onfray advierte del riesgo de vivir en una época en la que la capacidad de generar texto se considere una prueba de conocimiento.

Un modelo automatizado puede reunir contenidos muy diversos sin distinguir necesariamente el trabajo de un especialista reconocido del de un autor cuya competencia es reciente o incierta. Por tanto, el usuario debe mantener una mirada crítica sobre lo que recibe: comprobar las referencias, identificar los límites de la respuesta y no confundir una formulación segura con una demostración fundamentada.

Esta preocupación se suma a los debates sobre el uso del vocabulario relacionado con la IA en la vida pública. Un artículo dedicado a las declaraciones de Donald Trump informa, en particular, de que calificó de «enemigos» a quienes usan el término en ciertos intercambios: la controversia en torno a sus declaraciones sobre la inteligencia artificial muestra hasta qué punto la tecnología se ha convertido también en un tema de confrontación política.

La revolución tecnológica y la batalla por el valor

El debate sobre el trabajo de los autores se inscribe en una competencia económica más amplia. Las empresas invierten en infraestructuras, chips, centros de datos y modelos capaces de procesar volúmenes cada vez mayores de información. Por tanto, la IA no solo transforma la producción de textos: también participa en una reorganización de los mercados y de las relaciones de poder tecnológico.

Los desafíos se reflejan en los movimientos financieros de las grandes empresas del sector. El proyecto de financiación de 40.000 millones de dólares asociado a SpaceX, presentado como una iniciativa capaz de reforzar su papel en la inteligencia artificial, ilustra la magnitud del capital movilizado: la operación que SpaceX contempla en torno a la IA da una idea de las ambiciones vinculadas a esta industria.

Esta concentración de las inversiones remite a la pregunta planteada por Proudhon: ¿quién produce el valor y quién recoge los beneficios? Los creadores de contenidos aportan materia intelectual, mientras que las empresas desarrollan las herramientas y los servicios que permiten explotarla a gran escala. El reparto de los ingresos, el reconocimiento de las contribuciones y las modalidades de autorización se convierten entonces en cuestiones centrales.

Usos que se extienden a otros sectores

La expansión de la IA también afecta a ámbitos alejados de la escritura. Las transformaciones de la industria automovilística, por ejemplo, se cruzan con los desafíos de la automatización, la electrificación y la estrategia de las empresas tecnológicas. Un artículo dedicado a la inteligencia artificial y la competencia en torno a los coches eléctricos muestra que esta revolución se extiende a sectores en los que los datos, el software y la capacidad de cálculo cobran cada vez más importancia.

En este contexto, la crítica de Onfray invita a no reducir la cuestión a una oposición entre el progreso y su rechazo. Se trata, más bien, de examinar las condiciones concretas en las que se desarrollan las tecnologías: qué contenidos se utilizan, quién controla su reutilización, qué remuneración se contempla y qué protecciones existen para las personas que producen los recursos explotados por los sistemas.

Así, la reflexión de Proudhon conserva su vigencia. Permite cuestionar el reparto de los frutos de un trabajo al que contribuyen muchas personas, incluso cuando ese trabajo se ha vuelto digital, disperso y difícil de identificar. En la columna de Michel Onfray, la fórmula histórica sirve para examinar una transformación actual: el valor de las obras puede ser captado por herramientas poderosas, mientras que sus autores a veces quedan al margen de los beneficios que ayudan a generar.

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