«Inteligencia artificial»: Donald Trump tacha de «enemigos» a quienes emplean el término

donald trump s’en prend à ceux qui emploient l’expression « intelligence artificielle », qu’il qualifie d’« ennemis ».

Donald Trump quiere sustituir la expresión «inteligencia artificial» por «superinteligencia» en las comunicaciones de la Administración federal estadounidense. El presidente incluso ha calificado de «enemigos» a quienes sigan utilizando el término anterior. Sin embargo, esta nueva denominación, que algunos actores del sector tecnológico ya han adoptado, podría acentuar la preocupación del público en lugar de hacer que la IA resulte más atractiva.

Una nueva terminología impuesta a la Administración federal

La voluntad de Donald Trump de rebautizar la inteligencia artificial se ha traducido en una directiva dirigida a las comunicaciones del Gobierno estadounidense. En lugar de la expresión habitual, la Administración debe dar prioridad a «superinteligencia», un término que el presidente considera más elogioso y preciso.

El jueves por la noche, en su red Truth Social, Donald Trump endureció el tono. Escribió que la Casa Blanca consideraba «enemigo» a cualquiera que utilizara la expresión «inteligencia artificial» en lugar de la que él defiende. Sin embargo, el presidente no explicó qué consecuencias concretas podría acarrear esta calificación.

El cambio ya se había mencionado en septiembre ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Donald Trump consideraba entonces que «superinteligencia» sonaba mejor y que la palabra «artificial» podía dar a entender que se trataba de una inteligencia falsa. Después firmó un decreto que impone la nueva terminología en las comunicaciones de la Administración federal.

Esta medida afecta a los organismos del Gobierno estadounidense, pero no obliga a las empresas privadas a abandonar la denominación «inteligencia artificial». Por tanto, las empresas y organizaciones siguen siendo libres de conservar el término establecido, aunque algunas han optado por adoptar el promovido por la Casa Blanca.

Un cambio de vocabulario ante la preocupación del público

Para Jean-Pierre Dubé, profesor de marketing de la Universidad de Chicago, esta iniciativa revela una preocupación política: las reticencias hacia la IA podrían frenar un sector considerado un importante motor de crecimiento. En un contexto de competencia económica y tecnológica con China, la Administración buscaría fomentar la aceptación pública de esta industria.

Sin embargo, el investigador se muestra escéptico sobre la capacidad de un cambio de nombre para modificar las percepciones. A su juicio, esperar cambiar la opinión pública con un simple reemplazo de vocabulario es más un deseo que una estrategia capaz de convencer de forma duradera. La preocupación asociada a esta tecnología tiene que ver con sus usos y efectos, y no desaparece necesariamente con una nueva etiqueta.

Los datos de opinión ilustran esta desconfianza. En una reciente encuesta de la Universidad Quinnipiac, solo el 25 % de los votantes se declaraba satisfecho con la manera en que Donald Trump abordaba la inteligencia artificial, frente al 58 % que se declaraba insatisfecho. Muchos estadounidenses ya utilizan herramientas basadas en la IA, al tiempo que expresan preocupación por la seguridad, el empleo y el auge de centros de datos de gran tamaño.

Esta tensión entre las posibles ventajas de la IA y los riesgos que plantea se manifiesta en debates muy distintos. Una reflexión en torno a la tecnología y la naturaleza humana se aborda, en particular, en este artículo dedicado a una jornada de debate en el monasterio de Solan sobre cómo la inteligencia artificial redefine la naturaleza humana.

«Superinteligencia»: una expresión que puede generar más preocupación

El término elegido por Donald Trump no parece necesariamente más tranquilizador que el que quiere sustituir. Jean-Pierre Dubé señala que, al considerar inquietante la palabra «artificial», se corre el riesgo de hacer que la expresión «superinteligencia» resulte aún más alarmante. En efecto, la idea de superioridad sugerida por el prefijo «super» puede evocar una tecnología que supera las capacidades humanas.

Ronald Kline, historiador de la Universidad Cornell, observa que la expresión va más allá de la imitación de la inteligencia humana: implica que una inteligencia tecnológica podría superarla. Este cambio semántico resuena con temores ya presentes en el debate público, en particular los relacionados con la pérdida de control, la autonomía de los sistemas o la sustitución de ciertas tareas humanas.

La preocupación no se limita a los escenarios en los que se supera la inteligencia humana. También tiene que ver con sistemas que influyen en decisiones concretas y pueden desplazar el poder hacia herramientas automatizadas. Esta cuestión se aborda en un artículo sobre el creciente papel de los algoritmos, en el que se describe cómo el poder de decisión pasa de las personas a los algoritmos.

Un término histórico que Donald Trump quiere sustituir

De la investigación universitaria al uso cotidiano

La expresión «inteligencia artificial» se remonta a 1956, cuando se utilizó en un seminario de verano organizado en la Universidad Dartmouth, en Estados Unidos. La elección de un término lo bastante amplio debía permitir reunir bajo una misma denominación a investigadores de distintas disciplinas, como las matemáticas, la psicología y la ingeniería.

El proyecto consistía entonces en enseñar a los ordenadores, que eran voluminosas máquinas de cálculo, a realizar tareas asociadas al pensamiento humano. En ocasiones se ha criticado la fórmula porque agrupa tecnologías y métodos muy diferentes. Pese a estas reservas, se fue incorporando progresivamente al vocabulario científico, económico y público.

El acrónimo contribuyó a su difusión. En español, «IA» y, en inglés, «AI» se convirtieron en términos familiares, impulsados por el auge de empresas especializadas y la popularidad de herramientas accesibles para el público general. El rápido crecimiento de empresas como OpenAI reforzó aún más el uso de esta denominación.

Donald Trump ya había cuestionado algunos nombres y denominaciones en otros contextos. En particular, su Casa Blanca reprochó a la agencia Associated Press que siguiera utilizando «Golfo de México» en lugar de la denominación «Golfo de América» que defiende el presidente. El episodio en torno a la inteligencia artificial se inscribe, por tanto, en una política más amplia de atención a las palabras que utilizan las instituciones y los medios de comunicación.

Empresas tecnológicas adoptan la expresión

Meta y Elon Musk adoptan «superinteligencia»

Varios actores importantes del sector han empezado a utilizar la nueva expresión en sus comunicaciones. El grupo Meta, dirigido por Mark Zuckerberg, la ha incluido en algunos mensajes. Elon Musk, estrecho aliado de Donald Trump, también la utiliza en X y apoya activamente este cambio de vocabulario.

Para las empresas que tratan con el Gobierno, adoptar la terminología presidencial puede ser una decisión pragmática. Un lobista del sector considera que enfrentar públicamente «IA» a «superinteligencia» no es una prioridad para las empresas tecnológicas. Esta actitud no significa necesariamente que las empresas compartan el análisis del presidente: también puede reflejar su voluntad de evitar un desacuerdo con las autoridades federales.

El decreto presidencial no obliga a OpenAI a cambiar el nombre de sus productos ni a renunciar a la expresión «inteligencia artificial». El alcance de la medida se limita a las comunicaciones gubernamentales. Aun así, el uso reiterado de «superinteligencia» por parte de empresas influyentes podría contribuir a que la expresión circule más allá de las instituciones públicas.

Controversias que van más allá del nombre de la tecnología

La batalla en torno a las palabras se desarrolla mientras las empresas de IA afrontan interrogantes sobre sus datos, sus modelos y sus prácticas. En Estados Unidos, el uso de datos procedentes de China alimenta, en particular, una controversia que afecta a varios actores del sector y que se aborda en este artículo sobre las empresas estadounidenses y el uso de datos chinos.

La seguridad digital es otra fuente de preocupación. Los avances de las herramientas de IA pueden facilitar ciertas tareas, pero también plantean interrogantes sobre la protección de los sistemas y la capacidad de prevenir ciberataques. Este tema se desarrolla en un artículo dedicado a cómo la inteligencia artificial pone a prueba la ciberseguridad.

Los riesgos asociados a la difusión de contenidos engañosos también forman parte del debate. Un rumor infundado atribuido a una inteligencia artificial sobre Sadio Mané fue analizado en un artículo que recuerda que la información difundida sobre él carecía de fundamento. Este ejemplo ilustra la importancia de verificar los contenidos, tanto si los generan herramientas digitales como si simplemente los difunden.

En este contexto, la elección entre «inteligencia artificial» y «superinteligencia» no se reduce a una preferencia estilística. Los términos utilizados influyen en la imagen que el público se forma de la tecnología: el primero remite a una categoría general de técnicas, mientras que el segundo sugiere de forma más directa un sistema capaz de superar las facultades humanas. El debate iniciado por Donald Trump sitúa así la terminología en el centro de una discusión más amplia sobre la confianza, la regulación y el lugar de la IA en la sociedad.

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