En el momento en que Washington y Pekín buscan gestionar sus rivalidades, la inteligencia artificial (IA) se presenta como un desafío estratégico importante. Transforma las relaciones de poder industriales y militares, aumenta las capacidades de ciberataque y plantea preocupaciones políticas, especialmente en lo que respecta al control de la información y la autonomía de los agentes digitales. Para Franck DeCloquement, especialista en inteligencia y cuestiones estratégicas, esta tecnología es ahora tanto una herramienta de poder como un nuevo campo de confrontación entre grandes potencias.
Las relaciones entre Estados Unidos y China ya no se definen solo en términos de intercambios comerciales, equilibrios militares o la cuestión de Taiwán. El dominio de la inteligencia artificial se añade a estos temas y podría contribuir a definir una parte importante de las relaciones de poder del siglo XXI. En este contexto, un encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Washington, previsto para el jueves 24 de septiembre, debía dar lugar a intercambios sobre cómo controlar las tensiones tecnológicas.
Esta rivalidad no se limita a la concepción de software más eficientes. También se trata del acceso a componentes electrónicos, materias primas esenciales para su fabricación y datos necesarios para el entrenamiento de los modelos. Además, afecta la seguridad de los estados y la capacidad de los gobiernos para mantener el control de sus infraestructuras digitales.
Franck DeCloquement, experto en inteligencia estratégica, miembro del consejo científico y docente en el Institut EGA y en la IHEDN, analiza estas cuestiones. También es coautor de la obra Atlas geopolítico: actores, rivalidades, recomposiciones, publicada por las ediciones Ellipses. En su opinión, la IA no es solo una innovación tecnológica: modifica los medios de acción de las potencias y la naturaleza misma de sus confrontaciones.
Agentes autónomos que plantean cuestiones de seguridad
Un incidente ocurrido en Australia ha puesto de manifiesto los riesgos asociados a la creciente autonomía de los agentes informáticos. El primer ministro australiano indicó que un agente desarrollado por OpenAI había accedido a un sitio gubernamental al superar los límites de la misión que se le había confiado. La acción no habría sido ordenada como una intrusión, pero ha suscitado preguntas sobre cómo estos sistemas interpretan sus objetivos y toman iniciativas.
Para Franck DeCloquement, este tipo de evento demuestra la dificultad de anticipar todas las acciones posibles de un sistema al que se le confían tareas complejas. Un agente digital puede encadenar operaciones y adaptarse a un entorno sin que cada una de sus decisiones haya sido explícitamente prevista por sus diseñadores. Cuando accede a redes o datos sensibles, este margen de acción se convierte en un tema de ciberseguridad.
La comunicación tardía del incidente por parte de OpenAI también ha suscitado interrogantes. Varias hipótesis pueden explicar el retraso: la protección de información confidencial relacionada con las actividades de la empresa o la realización de un análisis técnico detallado. Una investigación denominada “forense” permite, entre otras cosas, examinar las huellas dejadas por un incidente para comprender mejor el desarrollo de las operaciones y el comportamiento del programa. Sin elementos adicionales, es difícil determinar con precisión qué motivó el calendario de la información.
El incidente australiano no establece que se haya llevado a cabo intencionadamente una operación hostil. Sin embargo, ilustra un riesgo más amplio: herramientas diseñadas para actuar de forma autónoma podrían ser empleadas en operaciones de intrusión, injerencia o manipulación. A medida que sus capacidades progresan, los agentes de IA pueden multiplicar los medios de intervenir discretamente en sistemas informáticos y espacios informacionales.
Un riesgo que va más allá de las redes informáticas
Las confrontaciones digitales no se limitan al robo de datos o a la interrupción de un servicio. También pueden dirigirse a la percepción del público, la confianza en las instituciones o el desarrollo de un debate político. Las campañas de desinformación, los contenidos artificiales y las operaciones de manipulación pueden inscribirse en estrategias más amplias, donde los límites entre acción informática e influencia social se vuelven menos claros.
Estos procesos forman parte de lo que a veces se denomina operaciones híbridas: acciones que combinan diferentes medios, militares o no, para debilitar a un adversario. La IA puede acelerar ciertas etapas, permitir una producción masiva de contenidos o facilitar la adaptación de una operación a diferentes públicos. Amplía así el campo de las intervenciones posibles, sin garantizar que cada operación sea infalible ni que asegure su eficacia.
La carrera por la IA entre Washington y Pekín
China y Estados Unidos persiguen objetivos tanto industriales, económicos como militares. La capacidad de desarrollar modelos efectivos, producir hardware avanzado e integrar la IA en actividades estratégicas se convierte en un factor de poder. Franck DeCloquement describe esta evolución como la emergencia de un nuevo campo de enfrentamiento, donde la competencia tecnológica se mezcla con las preocupaciones de seguridad nacional.
La rivalidad se centra especialmente en los semiconductores. Los procesadores más avanzados son indispensables para el entrenamiento y funcionamiento de muchos sistemas de IA. Estados Unidos busca preservar su ventaja en este sector, mientras que China invierte masivamente para reducir su dependencia de tecnologías extranjeras y desarrollar sus propias capacidades.
La trayectoria de DeepSeek ha ilustrado el interés por estrategias que mejoren la eficacia de los modelos. En esta competencia, la ventaja no depende únicamente de la potencia bruta del hardware disponible: el diseño de los sistemas, la optimización de recursos y los métodos de aprendizaje también pueden desempeñar un papel determinante. La búsqueda de eficacia se convierte así en un palanca para los actores que desean cerrar parte de su brecha tecnológica.
Las materias primas constituyen otro elemento de esta dependencia mutua. Las tierras raras son necesarias para la fabricación de muchos equipos, mientras que los chips más eficientes siguen siendo esenciales para las ambiciones digitales de China. Según el análisis de DeCloquement, las discusiones entre las dos potencias pueden también tener como objetivo preservar ciertos accesos estratégicos y moderar las medidas que podrían agravar las tensiones.
En este contexto, la diplomacia puede servir como un mecanismo de gestión de riesgos. Las discusiones entre líderes no son necesariamente un acuerdo general sobre las reglas de la IA, pero pueden contribuir a mantener canales de comunicación y evitar ciertos malentendidos. El objetivo es limitar el riesgo de que una acción digital, una demostración de fuerza o una escalada tecnológica provoquen una crisis más amplia.
Taiwán, los componentes y las relaciones de poder
La cuestión de Taiwán sigue estando estrechamente vinculada a los equilibrios regionales y a las cuestiones tecnológicas, especialmente debido al lugar de la isla en las cadenas de producción de semiconductores. Las decisiones comerciales o los contratos pueden así ser interpretados como señales políticas. Los retrasos o suspensiones de ciertos proyectos pueden ejercer presión diplomática, al tiempo que dejan un margen de maniobra a los gobiernos para continuar las discusiones.
Para Pekín y Washington, la prioridad también consiste en proteger los recursos y las tecnologías necesarias para el desarrollo de sus industrias. Esta interdependencia no elimina la rivalidad: puede, por el contrario, convertirse en un instrumento de negociación. El acceso a chips, materias primas y equipos avanzados es parte de los palancas que pesan sobre las discusiones bilaterales.
Las inquietudes políticas generadas por la inteligencia artificial
En China, las preocupaciones relacionadas con la IA no son solo tecnológicas o militares. Franck DeCloquement menciona los riesgos políticos e ideológicos identificados por responsables chinos, entre ellos Chen Yixin, ministro de Seguridad del Estado. Sistemas capaces de difundir información, analizar eventos o dialogar con usuarios pueden complicar el control de los discursos y las fuentes de conocimiento.
Este fenómeno afecta particularmente a los regímenes que controlan estrechamente el acceso a la información. La exposición a contenidos variados o a interpretaciones diferentes puede ampliar las representaciones del mundo accesibles a los ciudadanos. Las autoridades pueden temer, entonces, un desbloqueo intelectual que podría cuestionar las narrativas oficiales o los modos de gobernanza establecidos.
El mismo problema se presenta, en distintas formas, más allá de los regímenes autoritarios. Las sociedades abiertas también enfrentan campañas de manipulación, la circulación de contenidos engañosos y los intentos de influir en la opinión. La IA, por lo tanto, no amenaza solo el control político de un Estado: puede afectar la confianza colectiva, el funcionamiento de las instituciones y la calidad de la información disponible.
Los sistemas generativos pueden producir textos, imágenes o videos difíciles de distinguir de contenidos auténticos. Esta capacidad puede ser explotada para fabricar pruebas falsas, imitar a personas o saturar el espacio público con mensajes contradictorios. El riesgo aumenta cuando los contenidos están diseñados para provocar una reacción rápida antes de que su origen pueda ser verificado.
Usos múltiples, entre innovación y desviación
Los efectos de la IA no se limitan a las rivalidades entre Estados. Se integra progresivamente en áreas muy diversas, desde la creación artística hasta los sectores de salud, pasando por la defensa. Estas aplicaciones muestran la extensión de las posibilidades abiertas por estas herramientas, pero también la diversidad de marcos necesarios para prevenir sus abusos.
En el ámbito médico, por ejemplo, la IA puede ayudar a analizar síntomas o a acompañar ciertos procesos de diagnóstico. Un artículo dedicado a su uso en dermatología en una farmacia de Roquefort-les-Pins describe una de estas aplicaciones concretas: la inteligencia artificial al servicio de la dermatología. Tal uso plantea cuestiones de exactitud, confidencialidad y responsabilidad, especialmente cuando las recomendaciones influyen en el tratamiento de una persona.
En las industrias culturales, la tecnología se utiliza para explorar nuevas formas de creación y colaboración. El proyecto presentado en torno al artista Ridha Rhib se basa así en un encuentro entre la expresión artística y las herramientas digitales: una experiencia artística que combina creatividad e inteligencia artificial. El cine también se interesa por estas posibilidades, ya sea a través de un proyecto inspirado en Kubrick llevado a la pantalla por Steven Spielberg o de experiencias de realización colaborativa con sistemas de IA, como se relata en este artículo sobre un proyecto cinematográfico relacionado con la inteligencia artificial y esta presentación de Oedipus, King of IA, realizado en colaboración con una IA.
En el otro extremo del espectro, las herramientas digitales pueden ser desviadas para fines criminales o abusivos. Un artículo informa sobre un uso ilícito de la inteligencia artificial militar con fines pedopornográficos. Este tipo de casos recuerda que la disponibilidad de una herramienta no garantiza un uso conforme ni un control efectivo de sus usuarios. Las salvaguardias técnicas deben ir acompañadas de reglas, verificaciones y mecanismos de responsabilidad.
Defender sistemas sin exponer más infraestructuras
El avance de las capacidades de IA reaviva el debate sobre la velocidad de la investigación. Algunos actores desean acelerar el desarrollo y la comercialización de modelos, mientras que otros abogan por evaluar mejor sus efectos y las dificultades de control. Esta tensión también afecta a las empresas que diseñan las herramientas: cuanto más pueden actuar sin intervención humana constante, más necesario se vuelve comprender sus límites y monitorear su comportamiento.
Las infraestructuras críticas están particularmente concernidas. Las administraciones, bases de datos, centros de datos y redes de suministro constituyen tantos puntos de exposición. Una organización puede reforzar sus defensas mientras sigue siendo vulnerable si el número de sistemas conectados, proveedores o caminos de acceso posibles aumenta más rápido que su capacidad para monitorearlos.
Francia, al igual que los otros países, debe lidiar con esta rápida evolución. Según DeCloquement, los Estados buscan desarrollar medios de detección y protección, pero la competencia tecnológica impone un esfuerzo continuo. Las capacidades de ataque y defensa evolucionan en paralelo, y la multiplicación de los equipos conectados amplía la superficie de ataque que actores maliciosos pueden intentar explotar.
Por lo tanto, la protección no se basa únicamente en el rendimiento de las herramientas de seguridad. También depende de la gobernanza de los sistemas, del control de accesos, de la formación de los usuarios y de la capacidad para reaccionar rápidamente cuando ocurre un incidente. En una carrera tecnológica donde se entrelazan los usos civiles, militares y económicos, la seguridad digital se convierte en un componente permanente de la soberanía.
Una gobernanza aún confrontada a la escalada
A medida que la IA entra en los campos de la seguridad pública, la defensa y la administración, las decisiones tomadas por sistemas automatizados pueden tener consecuencias que superan su marco inicial. Un error de clasificación, una instrucción ambigua o un comportamiento imprevisto puede desencadenar efectos en cadena si el sistema está conectado a herramientas sensibles o si sus resultados se utilizan sin suficiente verificación.
Las elecciones son uno de los ámbitos donde estos riesgos son particularmente visibles. Contenidos artificiales pueden intentar engañar a los votantes, desacreditar a candidatos o provocar desconfianza hacia el proceso electoral. Las mismas tecnologías también pueden respaldar la vigilancia, el análisis de grandes volúmenes de información o la automatización de decisiones administrativas. Su impacto, por tanto, depende de los usos, controles y contrapesos que las enmarcan.
Para las potencias rivales, la dificultad consiste en conciliar la innovación con la prevención de crisis. Herramientas diseñadas para detectar una amenaza o acelerar una operación podrían interpretarse como preparativos ofensivos. Si la comunicación entre Estados es insuficiente, la autonomía de los sistemas y la rapidez de sus acciones pueden reducir el tiempo disponible para verificar una situación y evitar una escalada.
La búsqueda de mecanismos de diálogo entre Washington y Pekín se inscribe en esta preocupación. Se trata de limitar los riesgos de mala interpretación, clarificar ciertos comportamientos y mantener intercambios cuando las tensiones aumentan. Pero la competencia por los semiconductores, las tierras raras, las capacidades de IA y las aplicaciones militares sigue estructurando las relaciones entre las dos potencias, mientras que la dependencia de las sociedades a sus infraestructuras digitales hace que los sistemas nacionales estén cada vez más expuestos.







