En su obra Déliés, la politóloga Chloé Morin examina la manera en que las transformaciones sociales y tecnológicas debilitan los vínculos entre individuos. Ella alerta sobre un fenómeno que va más allá del simple sentimiento de aislamiento: la soledad puede afectar la salud mental, reducir la tolerancia a opiniones divergentes y contribuir, entre otros factores, a la evolución del voto. A sus ojos, la rapidez de los cambios digitales, especialmente con la inteligencia artificial, hace que la reflexión sobre la regulación y las políticas públicas sea también urgente.
Una soledad que no se resume a la ausencia de contactos
La soledad contemporánea no siempre se manifiesta por una ausencia total de relaciones. Muchas personas intercambian con su entorno y mantienen contacto con otros, pero estos vínculos pueden ser más distantes, menos regulares o menos nutritivos que antes. El sentimiento de aislamiento nace entonces de un desajuste: los individuos a veces tienen la sensación de que la sociedad actual ya no corresponde a aquella en la que crecieron.
Esta distinción es importante. Estar rodeado no significa necesariamente sentirse comprendido, apoyado o integrado en una comunidad. Los intercambios pueden multiplicarse al tiempo que pierden en profundidad, mientras que las ocasiones de compartir experiencias comunes se vuelven más escasas. Para Chloé Morin, esta transformación convierte a la soledad en un reto colectivo, y no únicamente en una dificultad personal.
En Déliés, la politóloga rastrea las evoluciones que han contribuido a debilitar las relaciones: cambios en los modos de vida, progresión de los usos digitales y aparición de nuevos intermediarios tecnológicos. Las redes sociales, los juegos en línea, las aplicaciones de citas y los compañeros basados en inteligencia artificial modifican las maneras de establecer relaciones, de mantenerlas y de percibir la presencia de los demás.
Intercambios digitales más numerosos, pero no siempre más sólidos
Las herramientas digitales han hecho que las comunicaciones sean inmediatas y accesibles. Permiten mantener un vínculo a pesar de la distancia, unirse a comunidades y encontrar interlocutores con intereses similares. Pero la cantidad de interacciones no garantiza su calidad. Los mensajes breves, las reacciones rápidas y los intercambios a distancia pueden dejar de lado la disponibilidad, la escucha y la confianza que a menudo se construyen en el tiempo.
Las plataformas organizan también una parte creciente de la atención. Los contenidos son seleccionados y presentados según sistemas de recomendación que pueden privilegiar lo que retiene al usuario. Esta lógica puede encerrar a cada uno en hábitos mediáticos y círculos de puntos de vista familiares. La confrontación a opiniones diferentes se vuelve entonces más rara o más brutal, en lugar de inscribirse en un diálogo progresivo.
Chloé Morin subraya que la dificultad para soportar la contradicción se acentúa en sociedades donde los intercambios a menudo ocurren en espacios digitales rápidos y polarizados. Una opinión opuesta puede ser vivida como un ataque personal más que como una invitación a discutir. Esta evolución alimenta las tensiones y complica la búsqueda de compromisos, que sigue siendo esencial para la vida democrática.
Las redes sociales y los efectos sobre la salud mental
Los efectos de las redes sociales han sido medidos tras su rápida adopción en los usos cotidianos. La politóloga recuerda que las interrogaciones abarcan tanto la salud mental, en particular la de los jóvenes, como las consecuencias democráticas de estas plataformas. Los investigadores han estudiado progresivamente sus vínculos con la ansiedad, la imagen personal, la atención y la calidad de las relaciones, mientras que las prácticas digitales continuaban evolucionando.
Esta cronología alimenta una preocupación más amplia: las innovaciones suelen ser adoptadas antes de que sus efectos a largo plazo estén claramente establecidos. Las herramientas se difunden entre millones de personas, luego las instituciones, las familias y la investigación intentan comprender sus consecuencias. Para Morin, el riesgo es que la regulación llegue después de que se hayan establecido hábitos duraderos, particularmente cuando los usuarios son jóvenes.
La cuestión no consiste en negar los beneficios posibles de las tecnologías. Las redes pueden facilitar la ayuda mutua, el acceso a la información y la movilización ciudadana. Pero sus usos no son neutros: el diseño de las plataformas, los modelos económicos y los mecanismos de recomendación influyen en los contenidos vistos y en las interacciones fomentadas. Por tanto, el debate también se centra en las reglas impuestas a las empresas y en la protección de los públicos más vulnerables.
La inteligencia artificial, una aceleración adicional
La llegada de las herramientas de inteligencia artificial generativa acentúa el desajuste entre innovación y evaluación. Estos sistemas pueden responder, escribir, resumir o simular una conversación a una velocidad que hace que su adopción sea particularmente rápida. El tiempo necesario para medir con precisión sus efectos sociales, cognitivos y psicológicos corre el riesgo de exceder el tiempo que les lleva entrar en los usos ordinarios.
Esta rapidez plantea preguntas sobre la confianza otorgada a las respuestas producidas por las IA, sobre la verificación de la información y sobre el lugar de los algoritmos en la formación de opiniones. Si una persona utiliza un asistente digital como fuente principal, las respuestas recibidas pueden influir en los temas a los que presta atención y en la forma en que interpreta la actualidad. Los sesgos presentes en los datos o en el diseño de las herramientas pueden así afectar la información disponible.
El potencial de la IA no se limita, sin embargo, a los usos sociales o mediáticos. Algunos investigadores también consideran su aportación a la investigación y a la producción de conocimientos, como se menciona en este artículo dedicado a las inteligencias artificiales y los descubrimientos científicos. Esta diversidad de aplicaciones subraya la necesidad de distinguir los posibles beneficios de los riesgos, en lugar de considerar la inteligencia artificial como una tecnología uniformemente favorable o nociva.
Soledad y voto: un vínculo a interpretar con prudencia
La politóloga describe la soledad como uno de los factores asociados al voto populista, sin convertirlo en una explicación única. El sentimiento de estar aislado, el hecho de tener pocas relaciones amistosas o de sentirse alejado de las instituciones pueden participar en un contexto en el que ciertas propuestas políticas encuentran más eco. Otras dimensiones también intervienen, incluyendo las condiciones económicas, las trayectorias personales y la confianza hacia los responsables públicos.
Un individuo que siente una pérdida de pertenencia puede volverse hacia discursos que prometen restablecer una comunidad, devolver la palabra a quienes se sienten ignorados o designar a los responsables de una situación percibida como injusta. Esto no significa que las personas solas voten todas de la misma manera. La observación se centra en una correlación y invita a estudiar las condiciones que favorecen el retiro social, la desconfianza y el rechazo de los compromisos.
El debilitamiento de los vínculos también puede modificar la manera en que los ciudadanos encuentran la información política. Cuando los intercambios se llevan a cabo sobre todo en grupos homogéneos, los desacuerdos se vuelven menos familiares. Las opiniones opuestas parecen entonces más amenazadoras y las discusiones públicas se polarizan. La vida democrática, por el contrario, depende de la capacidad de escuchar experiencias diferentes, confrontar argumentos y mantener espacios de conversación compartida.
La cuestión de la confianza institucional se une también a la de las tecnologías cívicas. Algunas iniciativas exploran la posibilidad de utilizar herramientas digitales para mejorar la participación o la transparencia, como se presenta en este artículo sobre la blockchain y las experimentaciones democráticas en Nevada. Estos dispositivos no sustituyen los vínculos sociales ni la deliberación, pero ilustran la búsqueda de nuevas formas de participación en un momento en que la confianza política está en juego.
Proteger a los niños y acompañar los usos
Frente a la magnitud de los cambios, Chloé Morin defiende medidas de protección destinadas a los niños, llegando incluso a abogar por la prohibición de las redes sociales y de la inteligencia artificial hacia ellos. Esta posición se inscribe en una preocupación sobre la exposición precoz a herramientas cuyos efectos no siempre son suficientemente conocidos. Ella pone en primer plano la responsabilidad de los poderes públicos, de las plataformas y de los adultos que acompañan a los jóvenes.
La regulación plantea, sin embargo, preguntas concretas: ¿cómo definir la edad apropiada, hacer respetar las normas y evitar que las restricciones se reduzcan a una declaración de intenciones? Las políticas públicas deben tener en cuenta los usos reales, la protección de la vida privada y las necesidades de comunicación de los jóvenes. También pueden incluir la educación en medios, el aprendizaje de la verificación de fuentes y la comprensión del funcionamiento de los sistemas de recomendación.
Más allá de las prohibiciones, el reto es ayudar a los jóvenes a desarrollar una relación reflexiva con las pantallas y las herramientas de IA. Esto supone darles referencias para distinguir entre una información fiable y un contenido engañoso, reconocer las limitaciones de una respuesta automatizada y entender cómo las plataformas orientan la atención. Un enfoque así no elimina los riesgos, pero puede fortalecer la capacidad de tomar decisiones informadas.
La lectura como política pública y vínculo común
Entre las respuestas posibles, Chloé Morin insiste en la promoción de la lectura. Ella estima que esta práctica no recibe la atención proporcional a su importancia. Leer moviliza el tiempo largo, la concentración y la interpretación; la lectura también permite entrar en perspectivas alejadas de su experiencia. Por lo tanto, puede contribuir a enriquecer el vocabulario, ejercitar el juicio y hacer que la contradicción sea más accesible.
La lectura no constituye una respuesta única al aislamiento y no sustituye las relaciones en persona. No obstante, puede ofrecer experiencias compartidas, nutrir conversaciones y transmitir referencias comunes. Apoyar las bibliotecas, el acceso a los libros y las prácticas de lectura desde la infancia es así una elección cultural, pero también una reflexión sobre la formación de los ciudadanos.
El cine participa, a su vez, en la construcción de una cultura común. Las obras permiten discutir épocas, valores y experiencias que superan los trayectos individuales. Los debates en torno a las películas, ya sea sobre la elección de la mejor película del siglo o el regreso de una obra apreciada, dan testimonio de esta manera de crear referencias compartidas, como lo muestran estos artículos sobre la película favorita de Quentin Tarantino para el siglo XXI y sobre el regreso esperado de una película galardonada con varios Oscars.
Reinventar las relaciones en la era de las plataformas
La transformación de los lazos sociales no depende de una sola herramienta ni de una sola época. Es el resultado de cambios sucesivos en las maneras de trabajar, desplazarse, encontrarse y comunicarse. Las tecnologías recientes aceleran ciertas evoluciones, pero las respuestas no pueden limitarse a reemplazar un servicio por otro. También implican reflexionar sobre el lugar concedido a los encuentros, las actividades colectivas y los espacios donde los desacuerdos pueden ser expresados sin romper el diálogo.
El ámbito digital, por otro lado, interviene en áreas donde la confianza y el reconocimiento son esenciales. La protección de las creaciones y la gestión de los derechos, por ejemplo, evolucionan con las herramientas en línea y los sistemas automatizados. Los usos previstos de la blockchain en el ámbito de la propiedad intelectual ilustran esta búsqueda de nuevos procedimientos para identificar y seguir las obras. Estas innovaciones técnicas no responden directamente a la soledad, pero muestran cuán profundamente las relaciones sociales, culturales y económicas están ahora atravesadas por infraestructuras digitales.
Para Chloé Morin, la magnitud del fenómeno implica no reducir la soledad a un asunto privado. Las elecciones educativas, el diseño de las plataformas, las reglas aplicables a las tecnologías y las políticas culturales moldean las condiciones en las que los individuos pueden encontrarse y participar en la sociedad. La evolución de las herramientas digitales hace que esta reflexión sea más apremiante, incluso cuando sus efectos continúan siendo estudiados.







